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Tuesday, October 20, 2009

Quine y la biblioteca de Babel (comentario innecesario)

El post anterior consiste en mi modestísima pero esforzada traducción de un texto de Quine que encontré hace pocas horas (me fue imposible dar con una versión en castellano).
En el artículo se proyecta una Biblioteca de Babel mucho más eficiente que la de Borges. O todo lo contrario.
Creo que la intuición es la misma en ambos autores --en su nivel más obvio, consiste en que la biblioteca es inútil porque es completa: contiene todas las verdades y todas las falsedades--. Y el efecto (al menos en mi experiencia) es completamente análogo.
Evidentemente, Borges se expresa como un escritor, y Quine se expresa como un lógico. Pero si algo hemos aprendido es no parece tan difícil demostrar que en ambos textos (como en cualquier otro) uno termina leyendo lo que quiere. O lo que puede...

La biblioteca universal

por Willard van Orman Quine

Hay una cierta fantasía melancólica, propuesta hace más de un siglo por el psicólogo Theodor Fechner --y continuada por Kurt Lassiwitz, Theodor Wolff, Jorge Luis Borges, George Gamow, y Will Ley-- que postula una biblioteca total. La biblioteca es estrictamente completa. Ostenta, dentro de ciertos límites razonables, todos los libros posibles. No hay libros en alfabetos extranjeros, ni tampoco volúmenes más extensos que, digamos, el que ahora está udsted leyendo, pero alberga todos los libros posibles dadas de esas restricciones. Hay libros en todos los idiomas, transliterados si fuera necesario. Hay volúmenes coherentes e incoherentes, aunque predominan los de la segunda clase. El principio según el cual están compuestos es simple, si bien no muy eficiente: contienen toda secuencia combinatoriamente posible de letras, signos de puntuación y espacios hasta completar cada volumen uniforme encuadernado en vitela.
Otros escritores se han acometido las imponentes estadísticas combinatorias. A 2.000 caracteres por página, tenemos 500.000 caracteres para cada volumen de 250 páginas; y con, digamos ochenta entre mayúsculas, minúsculas y otros signos de los cuales elegir, llegamos al resultado de 80^500000 como número total de libros. Entiendo que no hay espacio suficiente en la presente fase de nuestro universo en expansión, según estimaciones actuales, para más que una ínfima fracción de tal catálogo [aunque una versión virtual cabe en mi escritorio (N. del Editor)]. Los números son baratos.
Lo interesante, empero, es que la colección es finita. La verdad última y completa sobre cada cosa --al menos en tanto puede ser puesta en palabras-- está consignada, de principio a fin, en la biblioteca. El tamaño limitado de cada volumen no es una resticción, ya que siempre hay otro volumen en el que puede retomar el relato –cualquier relato, verdadero o falso-- que haya quedado inconcluso en un volumen anterior. En nuestra búsqueda de la verdad no tenemos manera de saber qué volumen debemos elegir, ni cuál elegir a continuación, pero está todo ahí.
Podríamos limitar la elección descartando toda la jerigonza, de la que se compone la mayor parte de la biblioteca. Podríamos limitarnos al idioma inglés, y programar una computadora con la sintaxis y el vocabulario del inglés, que se encargaría de escudriñar la biblioteca descartando lo que no nos interesa. Lo restante sería una fracción infinitesimal, pero aún hiperastronómica, de la cifra original.
Pero hay una manera más sencilla y más barata de efectuar el recorte. Algunos aprendimos de Smuel Finley Breese Morse lo que otros, de inclinaciones más matemáticas, aprendieron mucho antes: que un alfabeto con sólo dos caracteres (un punto y una línea), es capaz de realizar el mismo trabajo que nuestro alfabeto original de ochenta. Morse en realidad usó tres caracteres (punto, línea y espacio) pero con dos será suficiente. Podríamos usar dos puntos para el espacio y no admitir puntos iniciales o consecutivos en nuestras codificación del resto de los ochenta caracteres.
Si mantenemos el antiguo formato, con su número de páginas para cada volumen, esta estrategia reduce el tamaño de nuestra biblioteca a 2^500000. Sigue siendo una cifra grande. Escribirla requeriría cientos de páginas en dígitos normales, o dos volúmenes en puntos y líneas. Tomados de a uno, los volúmenes serían más frugales en contenido, porque nuestra nueva codificación Morse requiere seis veces más extensión que nuestro antiguo alfabeto de ochenta para comunicar la misma idea; pero, en su totalidad, no se pierde nada en contenido, porque por cada idea inconclusa de un volumen habrá otro, en algún estante, esperando para retomarla.
Esta última refleción –que los temas cubiertos por cada volumen aislado no afectan la completud cósmica del catálogo-- da la pista de la mayor economía: un recorte en el tamano de los volúmenes. En lugar de admitir 500.000 caracteres en cada volumen, nos podríamos conformar con digamos diecisiete. Ta no tenemos que atarearnos con volúmenes, sino con tiras de texto de no más de dos pulgadas cada una, y ya no es necesaria encuadernación. En nuestro código de dos caracteres el número de tiras es 2^17, ó 131.072. La totalidad de la verdad, reducida a una medida manejable. Obtener alguna información sustancial sobre cualquier cosa requerirá una extensa concatenación de nuestras tiras de dos pulgadas, más la ocasional reutilización de alguna de ellas, pero tendremos todo lo necesario para ponernos trabajar.
A estas alturas ya estamos frente al absurdo total: una biblioteca universal de dos volúmenes, uno con un único punto, otro con una única línea, suficientes para deletrear todas y cada una de las verdades. El milagro de la biblioteca finita pero universal es una mera exageración de la notación binaria. Todo lo que vale la pena decir, y también todo lo demás, puede ser dicho con dos caracteres. Se trata de un fiasco digno del Mago de Oz, pero ha probado ser una bendición para las computadoras.

[Por supuesto, este recorte drástico de volúmenes hace imposible descubrir nada nuevo –debemos combinar los símbolos nosotros mismos para que signifiquen algo. Las respuestas a todas nuestras preguntas ya no esperan en los estantes listas para descubiertas e interpretadas. Las respuestas se nos tienen que ocurrir a nosotros, y lo único que alberga la biblioteca es lo que nosotros ponemos ahí. Lo cual, por supuesto, bien puede ser lo que Borges tenía en mente desde un principio. (Nota del Editor)]

Además de la del link del segundo párrafo, que es una biblioteca de Babel virtual "completa," hay una versión reducida al inglés y francés.

Friday, October 2, 2009

Adversus Posmodernos

Una cosa es dar muestras de saludable escepticismo ante quien alegremente declara poseer La Explicación de Todo --siempre convenientemente alejada de esos molestos "detalles" cotidianos, más o menos problemáticos para cualquier explicación--, y otra muy distinta es condenar todo intento de sistematización, toda búsqueda de unificación y coherencia en una explicación racional. Personalmente, tengo la impresión de que el proyecto no es condenable en sí mismo.
En lo que sigue, enumeraré algunos de los cargos que se le imputan y, desde el punto de vista de los acusados, intentaré mostrar que no se sostienen.

Acusación 1
La realidad misma no se puede sistematizar (unificar coherentemente), porque la realidad misma es múltiple, fragmentaria, contradictoria.
Pero entonces resulta que todo lo que se nos aparece como relativamente sistemático es una ilusión, y no se relaciona de ningún modo con la realidad misma (y ni siquiera es parte de ella). Es difícil ver qué puede objetársele a una actividad tan inofensiva.

Acusación 2
Se sostiene como prueba contra tales esfuerzos el que no hayan alcanzado aún una sistematización "total"*. Se toma esto como evidencia de que todo el proyecto es imposible.
Pero esto depende del supuesto de que hay algo sistemático, coherente y unitario, que justificaría nuestros desvelos, si no fuera porque resulta inaccesible para nosotros. Aquí, parece que la realidad misma ya no es ni fragmentaria, ni múltiple, ni contradictoria. O bien, ya no es la realidad misma lo que se supone que deberíamos intentar alcanzar (o explicar). Lo que nos lleva al siguiente cargo:

Acusación 3
Se acusa a todo el proyecto (en cualquiera de sus formas) de ser fundamentalmente inútil. De manera similar al caso anterior, ésto sólo se sostiene si el proyecto es un medio para determinado fin, y si se trata en cualquiera de los casos de un medio necesariamente inadecuado para alcanzar dicho fin.
Ahora bien, decir que cualquier proyecto de sistematización es inútil (es un mal medio) implica aceptar un solo fin con el cual comparar la posible adecuación de cada uno de ellos. Tamaño juicio supone, además, que quien lo emite ya conoce ese fin (de otra manera, mal podría compararlo con cosa alguna). Pero, podemos preguntar ¿qué daño hacen nuestros esfuerzos a tan sabio juez? ¿Y qué significa "inútil" en boca del tal juez?
Por último, si se quisiera tomar en serio alguno de los cargos anteriores, habría que sostener que ese fin o bien no se relaciona con nuestro proyecto, o bien no se relaciona con (ni pertenece a, ni se identifica con) la realidad misma --sea lo que sea que a estas alturas entendamos por tan remanida expresión--. Si se elige la primera opción, nada se nos puede reprochar. Si se opta por la segunda, la acusación carece de punto de apoyo: ya no hay desde dónde reprocharnos nada.

*Recordemos que lo que nos hace sospechar de las autoproclamadas sistematizaciones definitivas o absolutas es precisamente el hecho de que la realidad misma parece apresurarse a contradecirlas a la menor oportunidad.

Tuesday, August 25, 2009

Martillo de barro (o Rompiendo con cuidado)

Debo confesar que sugerir que podemos (y debemos) romper con la historia, despegarnos de la tradición, o cosas por el estilo, me suena bastante ridículo. Pero no menos ridículo es sugerir que podemos (y debemos) ser fieles a la historia, sumergirnos en la tradición, o cosas parecidas.
Si es imposible lo uno, es imposible lo otro. ¿Desde dónde sumerginos, y hacia dónde, sino es desde y hacia la misma tradición (en la que ya estábamos sumergidos desde antes de empezar)? ¿Con qué romper la historia, más que con herramientas tan históricas como cualquier otra?

Y sin embargo, como bien dicen los que saben, no hay tradición más antigua ni liturgia más revolucionaria que este cotidiano empantanarse entre abismos y murallas...

A pesar de las imposibilidades.
A pesar de tantos sabios consejos.
Y también a causa de todo eso.

Demolition Man (exactamente eso)

A John Searle le preguntaron si era difícil hacer filosofía:

"...te levantás a la mañana, tenés una gran pared enfrente, y te ponés a darle cabezazos. Y seguís cabeceando hasta que algún día eventualmente le hacés un agujero. Así se siente."

(Por supuesto, en la pregunta siguiente aclara que en cuanto te las arreglás para ir ablandando una pared, ya tenés que ir empezando con otra... "yo sigo dándome contra la pared", dice)

Thursday, July 23, 2009

Babel (o Composición tema: los intelectuales)

JLS escribió:

"Alguna escritura académica en filosofía es pura ensalada de palabras, verborrea, galimatías, un "enyerbado" hermenéutico que empalaga. Fastidia.
El comentarista, el interprete "complejiza", brinda "interpretaciones profundas" (!!) acerca de un tema o de algún autor; pero, al fin y al cabo, a uno le queda la impresión: "por qué no habré leído al autor comentado directamente" (...)"

Cuando terminé de leer el post, y como siempre me la quiero dar de vivo, me dispuse a comentar. El asunto se me fue de las manos y terminó saliendo lo que sigue (me disculpo sobre todo por el exceso de comillas):

Curiosamente, a pesar (y algunos dirán "por culpa") de mi nula experiencia académica, me encuentro bastante seguido en el estado anímico descrito en los primeros párrafos de tu post. “Académicamente" se exige precisión método) y al mismo tiempo originalidad ("perspectivas" o "propuestas" novedosas). Y eso es algo que no termino de entender.

Para exigir precisión (intersubjetivamente evaluable), el método --o en su defecto, los problemas-- deberían ser algo bien definido, compartido, estable, etc. El avance de la filosofía sería algo similar al ideal de "progreso" naturalista que animaba a ese fideísmo cientificista que algunos llamaron positivismo. En ese marco, parece que hay esperanza para los "obreros de la filosofía", porque la tarea es extraer laboriosamente "datos" o "conclusiones" completamente legitimadas por el "método" o los "problemas" compartidos. Pero aquí "originalidad" adquiere un matiz más bien pecaminoso, y ciertamente no es algo que se pueda exigir.

Por otro lado, si lo que se exige son "perspectivas novedosas", "interpretaciones originales"(atención al insospechado oxímoron) etc., no veo cómo todo esto pueda ser evaluado intersubjetivamente. Por ejemplo, ¿cómo evaluar la "originalidad" de una tesis si no es en referencia a un marco estable en el cual dicha tesis se "destaque" por contraste? Pero, si el ideal es la originalidad y la novedad,¿cuál será ese marco de referencia, y por qué será estable? ¿Tendremos que preocuparnos solamente de "sorprender" a los jurados? Tenemos el ejemplo del "arte moderno". ¿Qué impide que terminemos en el equivalente del mingitorio de Duchamp? Y peor aún, ¿qué impide que terminemos siendo esa triste mezcla de artesano(copista) y embaucador descarado por la que se reconoce fácilmente a los "artistas consagrados" de hoy en día? ¿Dónde queda la "revolucionaria originalidad" del gesto de Duchamp?

Por supuesto, actualmente ningún intelectual que se respete se atrevería a defender ninguna de tales opciones extremas. Hacen algo mucho más razonable, hacen cosas más "políticamente correctas". Escriben papers que llevan la vaguedad el paroxismo del rigor, sorprenden a todos apegándose a un método tan estricto como incomprensible, alcanzan la más revulsiva vulgaridad a fuerza de solemnidades consagradas por la tradición o por la moda. Es toda una actividad, hay que reconocerlo. No es fácil, y acaso amerite las becas o la módica fama que les depara el acontecer académico. Lamentablemente, ni siquiera estos ilustres ingenios se las arreglan para explicarnos por qué habríamos de interesarnos más por ellos que por los obreros de la fábrica de mingitorios.

El hecho de que un servidor los haya considerado lo suficientemente importantes como para dedicarles un post, puede servir de prueba de que este triste amanuense no es, después de todo, ajeno a su estirpe . Y es que uno tiende a preocuparse por la familia...



Wednesday, July 22, 2009

Piedra Libre (o De cómo plagiar —mal— a Wittgenstein)

1. La única manera de aprender a jugar el juego es jugando el juego.

1.1 La esforzada redacción de minuciosos reglamentos no es más que una manera de jugar el juego.

1.2 El aplicado análisis de arduos compendios de estrategias memorables es sólo una de las jugadas posibles (entre muchas otras).

2. Reconocer que hay ciertas reglas de las que no podemos escapar es reconocer, sencillamente, que estamos jugando el juego. Y que son nuestras huellas en la arena las que van dibujando los límites de la cancha.


Sunday, July 12, 2009

Petición de principio (o algo por el estilo)

Me parece que sería interesante preguntarse si el principio de caridad es nada más que una instancia del principio de razón suficiente, o si (¿por el contrario?) el principio de razón suficiente no es más que cierta hipóstasis metafísica del principio de caridad.

Digo, sería interesante pensarlo, aunque a la mayoría de quienes lean esto no les interese demasiado. Si publico esto es sencillamente para obligarme a seguir pensando (aunque ustedes no tengan la culpa de mi estupidez).


Wednesday, December 17, 2008

Sísifo, Bartleby y la escritura

En cierto sentido, el caso de Sísifo es similar al de Tántalo. Podríamos imaginar que ante la perspectiva de la eternidad, librarse del deseo sería un desafío más bien trivial. Sin embargo, el castigo de Tántalo no es la incómoda circunstancia de que la satisfacción permanezca cercana y al mismo tiempo inalcanzable. La condena que le ha sido impuesta es precisamente la imposibilidad de renunciar al deseo.

Del mismo modo, no hay látigo que obligue a Sísifo a llevar a cabo su tarea. O, en todo caso, el látigo es Sísifo, la cadena es ese trabajo que le pertenece únicamente a él, y al que él pertenece por completo.

Podría decirse que el placer y el dolor, la esperanza y la resignación, le son por completo indistintos. Al fin y al cabo, no forma parte de su tarea distinguir entre unos y otros. Es como si en ello residiera justamente su épica, banal, inapelable dignidad.

Enfrascado en una eternidad de otra índole, Bartleby repite “preferiría no hacerlo”. Y así trama un movimiento tan consistente, tan coherentemente idéntico a sí mismo, que termina – o comienza – por anular la repetición.

Sísifo desaparece en el ciclo eterno de su tarea. Bartleby se inventa en un porfiado desaparecer.

Los mitos prescinden del poeta, e incluso de la leyenda. Pero no hay escritor que no sea, a su manera, Sísifo y Bartleby.

Ambos mitos perduran como un gesto: el gesto del que están hechos (entre otras cosas) el arte y el olvido.